Una Crítica Foucaultiana de la Simplicidad Malentendida

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Ayer estaba repasando algunos artículos biográficos sobre Michel Foucault, a quien he estado leyendo cada vez más seguido desde que lo re-descubrí a través de los indianos, y así como por casualidad me di cuenta que justamente ayer se cumplían 29 años de su muerte. En cuanto se lo comenté a indianos y neovenecianos, inmediatamente empezaron a fluir los posts homenajeándolo.

Y me sumo al homenaje reflexionando precisamente sobre un tema relacionado que abordaba David hace unos días, escribiendo sobre el lado oscuro de la noción de que “hay que diseñarlo para que lo pueda usar mi madre”. Un mantra corporativo omnipresente que nos ha habituado a la idea de que en el mercado la cosa es así: el usuario final es un consumidor, y lo más natural del mundo es que demande productos y servicios que no le requieran ni el más mínimo esfuerzo intelectual para disfrutarlos.

Pero David apuntaba que en realidad no se trata de un fenómeno natural que emerge espontáneamente en el mercado, sino más bien a una distorsión ocasionada por las escalas de producción hipertrofiadas que refuerzan y a su vez se alimentan del universalismo, base ideológica fundamental sobre la que se sustenta el estado-nación.

David dejó claro en su post-homenaje a Foucault que uno de sus grandes tesoros fue haber aplanado radicalmente al universalismo, lo cual hace ya bastante evidente la relevancia del maestro para una crítica de esa exacerbación del keep it simple hasta niveles lebotomizantes.

Pero además el trabajo de Foucault también es scrucial en el sentido de que su ataque al universalismo se basa en el tema que subyace y hace de hilo conductor de toda su obra: la relación entre el poder y el conocimiento. Foucault analiza la evolución histórica de las nociones del demente, del enfermo, del delincuente y otros ejemplos de “objetivización del sujeto”, desentrañando la forma en la que el poder político influye tanto o más en su definición que las ciencias sociales que se encargan directamente de su estudio (además de determinar el marco metodológico de esas ciencias).

Y así es como la perspectiva foucaultiana esclarece la noción de “consumidor” por partida doble: invitándonos a cuestionar la autonomía absoluta de la que la ciencia económica tradicional pretende dotarlo, y recalcando que es precisamente por la distorsionada relación con el conocimiento que se le impone en el capitalismo de amigotes que esa soberanía es una quimera.

La simplicidad no es un fin en sí mismo

El minimalismo existencial es en gran medida un arte de simplificar la vida, pero esa simplifcación se hace eliminando lo insignificante e innecesario, lo cual es muy distinto a asumir un actitud reacia a experiencias complejas y enriquecedoras para cuyo disfrute por lo general se requiere una inversión inicial en conocimiento.

Los ejemplos más evidentes se enmarcan en el contexto de la economía del conocimiento, y ahí es donde apuntaba David en su post. Pero la situación es parecida para muchas situaciones de consumo de baja tecnología. Por ejemplo, aprender a disfrutar de ciertos sabores complejos requiere que invirtamos algo de tiempo y esfuerzo en aprender a degustarlos. A veces incluso ayuda conocer la historia y la bioquímica de la comida para disfrutarla a fondo.

Una vida minimalista simplifica la existencia para hacer nuestras vidas más interesantes. Y la vida no puede ser interesante sin conocimiento.

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3 thoughts on “Una Crítica Foucaultiana de la Simplicidad Malentendida

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