Dubai y Yo


Esta entrada fue publicada originalmente en inglés el 23 de abril de 2009.

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Como probablemente sabrán muchos de los lectores de este blog, viví y trabajé en la ciudad de Dubai durante varios intervalos de tiempo hasta finales del 2008. En total, habré pasado en Dubai algo más de un año.

Últimamente ha habido mucho debate sobre Dubai en la prensa internacional y la blogosfera, en gran parte debido a un artículo sumamente crítico del modelo de desarrollo económico perseguido por el emirato árabe, escrito por el periodista británico Johann Hari en el diario The Independent.

Como respuesta al artículo de Hari, Sultan Al Qassemi, un prominente hombre de negocios y columnista del diario emiratí The National, respondió al artículo de Hari con otro que criticaba al Reino Unido con un tono igualmente ácido y crítico, publicado también en The Independent.

Resulta ser que por casualidad soy miembro de una red social a la que pertenece también Al Qassemi, en la que publicó un foro de discusión para dar a conocer su respuesta a Johann Hari.

El foro generó más de 300 respuestas. Mucha gente vio el artículo de Al Qassemi como sesgado y a la defensiva, mientras otros lo consideraron acertado por criticar al Reino Unido con la misma saña que Hari lo hizo con Dubai.

Mi opinión sobre el modelo socioeconómico de Dubai es la razón principal por la que decidí dejar la ciudad y la línea de negocio a la que me dedicaba hacia finales del 2008.

Irme de Dubai marcó el comienzo de un proceso de crecimiento personal que me dio mucha claridad acerca de lo que de verdad considero importante en la vida y de cuales son las cosas a las que verdaderamente quiero dedicar mi tiempo y esfuerzo. Como este blog es una de esas cosas, decidí publicar aquí una versión levemente editada de mi respuesta al artículo de Al Qassemi en el foro de discusión, porque resume bastante bien algunas de las lecciones que aprendí durante mi estadía en Dubai:

Conozco muy bien y reconozco plenamente el lado positivo de Dubai. Pero también estoy muy consciente de sus aspectos sumamente negativos. Viví allí durante poco más de un año, trabajando como promotor de imagen de los Emiratos Árabes Unidos al resto del mundo.

De hecho, puedo decir que Dubai marcó un antes y un después en mi carrera. La ciudad me sumió en una especie de crisis existencial que me hizo abandonar el glamoroso y muy rentable negocio de relacionista público de países.

Antes de vivir en Dubai, yo veía mi trabajo como compensador del típico sesgo que lleava a la prensa internacional a concentrarse en las noticias negativas provenientes del mundo en desarrollo, generando una controversia morbosa que ayuda a disparar los números de audiencia.

Llegué a Dubai a principios del 2007 pensando que además de hacer buenos negocios, iba a contribuír con algo con lo que me sentía personalmente comprometido. Nací y crecí en Venezuela, un petro-estado que pudo haberse convertido en un Dubai latinoamericano si no hubiese sido por décadas de gobiernos democráticamente elegidos pero que saquearon al país de manera descarnizada, robando la mayor parte de los ingresos petroleros del país. El resultado inevitable fue el auge del perfecto demagogo populista que es Hugo Chávez, que sigue saqueando el erario público tanto como los políticos del viejo régimen a los que desplazó del poder.

Así que en mi visión del mundo para ese entonces Dubai era un ejemplo de la fórmula adecuada para alcanzar el desarrollo económico: una “dictaudura benevolente”. Sabía que en Dubai las condiciones de los trabajadores no eran las ideales, la prensa estaba censurada y no existían muchos de los derechos civiles que solo la democracia puede garantizar. Pero me preguntaba si quizás todo eso era un precio que valía la pena pagar, al menos durante una etapa, para que una élite manejase el país de la manera más eficiente posible.

Y la verdad es que durante los primeros tres meses tuve una luna de miel con Dubai. Todos los líderes del sector público y privado tenían un discurso articulado y consistente acerca de hacia dónde creían que debía ir el emirato, y el país, en términos de progreso económico en el largo plazo. Su generosidad, hospitalidad y buen humor se complementaban con su profesionalismo y brillantez intelectual. Un día hasta almorcé con el Jeque Nahyan bin Mubarak Al Nahyan, Ministro de Educación… y Pelé. Estaban negociando la instalación de una academia futbolística para niños en Abu Dhabi. ¿Quién podía negar que esta gente estaba de verdad haciendo cosas positivas por su país?.

Y por supuesto, el estilo de vida ayudaba bastante a ver las cosas positivamente. Dubai era extremadamente seguro, era prácticamente imposible que a uno lo asaltaran (o lo mataran, como fácilmente puede suceder en Venezuela) en la calle. El nivel de la vida nocturna está a la par, o incluso es más elevado que en muchas capitales occidentales. Hoteles de cinco (o si el presupuesto lo permite, de siete) estrellas en los que se puede disfrutar de los brunches más decadentes del planeta, en los que por un precio fijio se pueden disfrutar manjares de diez países distintos, y tragar todo el champagne que el cuerpo aguante. La playa. El desierto imponente y misterioso. Los aspectos positivos de la vida en Dubai eran materiales, tangibles, y de alguna manera me sentía contento de hacérselas saber al mundo. Y cuando a uno le pagan lo que en Dubai se paga por ese tipo de trabajo, es difícil darse cuenta de que repentinamente uno está viendo todo a través de lentes color rosa que le impiden distinguir cosas más pequeñas y sutiles, pero que constituyen la clave para entender el lado oscuro del emirato. Pero de eso hablaremos más tarde.

¿A quién podía importarle un bledo los precios exhorbitantes causados por la burbuja inmobiliaria? Después de todo, yo nunca hubiese podido alquilar, ni mucho menos comprar, en Europa o los Estados Unidos, nada parecido al departamento de dos baños y dos habitaciones, con vista a una marina espectacular, con gimnasio y piscina olímpica, en el que vivía en Dubai Marina. La mano de obra era tan barata en comparación con occidente que no solo ayudaba a compensar la subida de precios inmobiliarios causada por la demanda desbocada, sino que también me permitía contratar una mucama simpática y extremadamente eficiente tres veces por semana. Y por supuesto, a Ahmed, un chofer pakistaní que me salvaba de desperdiciar la infinidad de horas que se necesitaban para hacer cualquier mandado en medio del tráfico esquizofrénico y el calor asfixiante de Dubai. En realidad, Ahmed prácticamente no sabía conducir. Pero era joven, necesitaba desesperadamente el trabajo, y por lo menos me quitaba de encima la pesadilla de hacer mandados. Así que decidí ponerlo a prueba por dos meses a ver qué tal.

Pero había otro problemita fastidioso con Ahmed: el muchacho apestaba. Era desesperante. Parecía que no se había duchado en días. La situación llegó a un punto en el que tuve que sentarme con él y plantear el tema frontalmente porque era imposible estar con él en el auto más de media hora.

Y ahí fue cuando mi luna de miel con Dubai llegó a su abrupto final.

La explicación que me dio Ahmed sobre su problema de higiene personal me puso al tanto de cómo vivía él en Dubai con lujo de detalles. Y la verdad es que a pesar de que sabía que él no era mi vecino en Dubai Marina, jamás me hubiese imaginado que tenía que compartir un pequeño departamento en Sharjah, de la mitad del tamaño del mío… con 18 personas. No les quedaba otra que turnarse para usar la ducha, y a veces cada turno tocaba con un par de días de por medio.

Y por supuesto, el desodaorante estaba más que fuera de su presupuesto. Ese dinero lo necesitaba para comer su única comida del día (con razón notaba un aire de euforia en su mirada cuando lo invitaba a un sándwich y una Coca Cola durante un viaje largo). Una comida al día. No me lo podía creer. ¿Estaba entonces mejor en Dubai que en Paquistán o no? Me respondió con una sonrisa: Algún día lo estaría. Pero durante unos cuantos años más todo iba a ser sacrificio. Se había metido en una deuda bastante grande para financiar su viaje a Dubai. Y por supuesto, si yo decidía emplearlo después de su período de prueba obtendría una visa a través de mi empresa, lo cual lo liberaría de tener que pagarle la casi totalidad de su sueldo a un empresario emiratí a cambio de la visa que tenía en ese momento.

Me dio tanta vergüenza haber sacado el tema con Ahmed que de ahí en adelante me propuse aguantarme su hedor a cualquier precio. Al final lo tuve que despedir porque chocó el auto dos veces. Pero eso demuestra lo lejos que estuve dispuesto a llegar para, de alguna manera, compensar mi torpe e insensible crítica.

Pero ese percance con Ahmed me causó más que vergüenza y culpa. No podía dejar de preguntarme como era posible que los líderes en Dubai, que claramente tenían el poder, los recursos, el aparato administrativo y la capacidad organizacional para implementar políticas, hubiesen sido incapaces de proveer, durante los últimos 20 años de crecimiento económico explosivo, las condiciones mínimas para que los trabajadores como Ahmed pudiesen al menos darse una maldita ducha todos los días. En Amércia Latina y África podría argumentarse que incluso si un país llegase a tener un líder perfectamente benevolente y dedicado a su pueblo, la burocracia es tan terriblemente ineficiente, las poblaciones tan inmensas, los barrios marginales tan caóticamente sobre-dimensionados, que implementar las políticas más básicas puede a veces ser una tarea casi imposible. Pero… ¡¿En Dubai?! ¿Era esto una señal inequívoca de que a los gobernantes cuya imagen yo promovía con mi trabajo simplemente les importaba un bledo la condición de gente como Ahmed?

Una cosa era ver a los obreros de la construcción trabajar venticuatro horas bajo el sol implacable, y escuchar los rumores acerca de cómo muchos de ellos saltaban al vacío desde lo alto de los rascacielos en construcción para cobrar una compensación para su familia y terminar con su existencia miserable. Me se sentía temporalmente avergonzado, pero todo terminaba en cuanto apartaba la mirada de la de la ventana trasera de mi auto y me relajaba en la delicia de su aire acondicionado. O tan pronto como cambiaba el tema de conversación con mis amigos y me concentraba en discutir cosas más cotidianas.

Pero escuchar a Ahmed hablar directamente sobre su situación en Dubai era totalmente distinto. No me podía sacar nuestra conversación de la cabeza. Era una piedrecita en mi zapato. Un odioso rasguñito en mis lentes color rosa que no me dejaba tranquilo, amenanzando rasgar la pintura rosada por completo para mostrarme que Dubai también tenía otros colores, por demás oscuros.

Y después de pensar en el asunto varios días me dí cuenta de algo bastante esclarecedor. Lo que en realidad me molestaba, la fuente de esa sensación que me retorcía las tripas y que más adelante me convenció de que no podía vivir en Dubai a pesar de su exhuberancia material, no era el percance que tuve con Ahmed en sí mismo. Tampoco era mi incipiente convicción acerca de lo poco que le importaban las condiciones de los trabajadores a los gobernantes de Dubai. Lo que me estaba consumiendo por dentro era el hecho de que independientemente de si tuviese razón o no, no me era permitido expresarme sobre el asunto.

Nunca he tenido demasiado entusiasmo por participar en temas políticos. Nunca he participado en una marcha o una protesta pública. Pero no podía soportar saber que no podría hacerlo si quisiese. No tenía ese intangible y asumido derecho a la libre expresión que me hubiese permitido quemar la bandera de mi país y gritarles los peores insultos a cualquier político para por lo menos hacer un gesto simbólico que les hiciera saber que me daba cuenta de lo desalmados que eran. Todo sin importar que mi opinión se correspondiese con los hechos o no.

De un solo sopetón me di cuenta de que nunca había vivido en un país sin democracia, y de cuánto había llegado a subestimar la importancia de poder decir lo que se me antoje aunque a los demás les pareciese inadecuado, sesgado o estúpido. No puedo describir con palabras lo similar que ese sentimiento era a la asfixia. Y puedo asegurar que no me lo ocasionaba el calor o las tormentas de arena: los ataques más fuertes los tuve en la Matrix de aire acondicionado que eran los mega centros comerciales de Dubai, en sus hoteles y spas de cinco estrellas, y en los rascacielos del distrito de negocios… No hubiese podido respirar ni en la bizarra pista de ski con nieve artificial de uno de sus centros comerciales. Cualquier cosa construída con mano de obra esclava disparaba el efecto asfixia automáticamente.

Y ni siquiera voy a entrar en el tema de expresarme sobre derechos civiles más “sutiles.” No sé dónde hubiese ido a parar si en medio de un ataque de sinceridad y cursilería se me hubiese ocurrido pasearme por la calle peatonal adyacente al súper rascacielos en el que vivía para leerle a los transeúntes mis notas sobre lo que pensaba de la burda hipocresía con la que el régimen abordaba temas como el sexo extra marital, la prostitución rampante, o los derechos de los homosexuales.

Ruego que los participantes en este foro perdonen mi vehemencia. Les aseguro que de alguna manera, extraño a Dubai. Me quedan muchos amigos allá, y todavía aprecio sus aspectos positivos. Una parte de mí desea que Venezuela hubiese tenido la fortuna de contar con la capacidad gerencial de muchos de sus líderes, y con la brillantez de muchas de sus políticas económicas. Pero sencillamente ya no estoy dispuesto a abandonar la democracia por ninguno de esos aspectos positivos. Ahora estoy absolutamente seguro de ello. Puede que la democracia tenga muchos problemas, pero se corresponde a la perfección con la más básica condición humana. Es tan necesaria como el aire que uno respira.

Llegados a este punto, quizás se sorprendan que me alegro de leer el artículo de Sultan. Y no es porque yo fui en su momento un ávido lector de sus artículos en Dubai. De hecho, recuerdo haber leído más de diez veces uno que era especialmente crítico del régimen. En ese momento estaba llegando a la etapa terminal de mi ataque de asfixia metafísica, por lo que leer a alguien que dijese algo que no fuese extremadamente positivo sobre Dubai se sentía, literalmente, como una bocanada de aire fresco.

La razón por la que celebro la respuesta de Sultan a Johann Hari es que a pesar de que ambos quizás hayan sido bastante sesgados en sus opiniones, están jugando el delicioso e inevitable juego que surge cuando se deja a la gente ejercer la libertad de expresión. Puede que el juego sea imperfecto, y a veces hasta destructivo; pero la imperfección es inevitable, y la destrucción engendra creación. Es un juego que debemos celebrar a pesar de que a veces sea tonto e irracional, porque cuando se le deja seguir su cauce, trae más beneficios que costos para la sociedad. Dejemos que Sultan responda como se le dé la gana, si con ello siente que se está expresando plenamente, y se le permita a otros contradecirlo. Felicito su agradecimiento a The Independent por publicar su artículo. Eso dice mucho de quién es él realmente. Los gobernantes de Dubai están viendo a uno de sus más prominentes compatriotas enzarzarse en el juego, y algo me dice que mucho pueden aprender al presenciar éste debate encarnizado. Algo me dice que éste es el tipo de cosas que necesitan ver para poco a poco caer en cuenta de que tienen que dejar que el juego se esparza como un virus por su ciudad. Y con toda seguridad, éso va a contribuír a remediar muchas de las injusticias que hoy se cometen en su tierra.

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